HISTORIA FAMILIA WEBER-BASZUK

LA FAMILIA WEBER-BASZUK: OTRA HISTORIA DE VIDA TESTIMONIAL DENTRO DEL PROCESO FUNDACIONAL DE ELDORADO.

Introducción

Estimulada por el recurrente pedido de mis hijos, deseo­sos de conocer su historia y preservar su identidad, he recons­truido el pasado de mi familia desde sus difíciles comienzos en Europa. Gracias a los relatos y testimonios que mis padres me refirieran con naturalidad, convencidos de que a pesar de los rigores de la pobreza inicial, su destino se había cumplido positivamente.

Mis padres, Edmundo y Ana, lograron consolidar una familia de siete hijos a los que educaron en los valores de la honestidad, la disposición al trabajo y la búsqueda de la armo­nía entre todos los hombres, principios que hasta el día de hoy hemos mantenido fielmente. Por esta razón al escribir estas páginas, lo hago con gratitud y en memoria de mis venerados abuelos y padres.

Instalados en el alejado paraje de Santiago de Liniers, que fuera considerado en los primeros momentos como posi­ble centro de la nueva Colonia, mi familia tuvo un protagonis­mo activo dentro de la incipiente comunidad de inmigrantes de la zona del km 31 y 9 de julio (Valle Hermoso) por lo cual estimo que en los 100 años de Eldorado que se aproximan, su labor habrá de estar presente en la evocación de esta hazaña colonizadora, figurando entre las más significativas páginas de sus anales ya que se trató, como en la mayor parte de los hoga­res pioneros, de “oscuras vidas radiantes” si se me permite la licencia de amplificar la poesía de José Martí.

La historia de mi padre

Cuando el barco holandés “Gelria” amarró en el puerto de Buenos Aires, el domingo 3 de Marzo de 1930, tras largos días de navegación atlántica, Edmundo Weber, con pasaporte polaco, pisó el suelo argentino que adoptaría como su patria definitiva. Tenía 20 años y procedía de Sokolovy Qub, Sirpe (Polonia) donde había nacido el 30 de abril de 1910. Era el menor de 5 hijos del matrimonio de Luis Weber y Luisa Erd- mann, ya fallecidos (el padre, en 1914 cuando estallaba la pri­mera guerra mundial y la madre, en 1918 cuando concluía este conflicto armado). Sobre esta historia de mis abuelos paternos, pude averiguar que la prematura orfandad que generaron al fa­llecer, fue muy dolorosa y que el intendente del pueblo intentó entregar en adopción a los cinco hermanitos a familias sustitu­ías, propósito que impidió Olga, la mayor de aquellos que tra­bajaba rudamente en un aserradero cargando maderas. Ella fue la que luchó por mantenerlos juntos en medio del desamparo y de la pobreza extrema, sin abandonar la casa paterna que, no obstante, luego habrían de perder por las circunstancias de la convulsionada Europa.

Mi padre, Edmundo, a los 8 años, ya era pues totalmente huérfano, lo que explica que no recordara nada de la imagen de su progenitor y tuviera borrosa memoria de su madre. Guarda­ba sí, patéticos recuerdos de su niñez y adolescencia en medio de la miseria, ya tutelado por su hermana mayor, ya por Ernes­to, su otro hermano varón.

En estas condiciones, solo pudo realizar estudios pri­marios hasta 2o grado. Por entonces, el hambre que se había impuesto en la devastada Europa, lo había llevado a comer hasta las cáscaras crudas de papa y sintiéndose una carga para sus hermanos mayores, a los 15 años empezó a trabajar como peón en una chacra hasta que, alentado por la intensa propa­ganda de Schwelm que buscaba atraer colonos europeos para poblar el alto Paraná misionero, decidió emigrar en busca de un futuro mejor, sin atender la oposición de sus hermanos que temían por tratarse de un país desconocido, lejano e incierto para un joven. No obstante lo ayudaron con dinero para cubrir el pasaje, suma que logro devolverles mediante su trabajo de seis meses en la chacra del fundador de la colonia, que fue su primera ocupación.

Quiero destacar que mi padre, lejos de olvidar a sus her­manos, se mantuvo en contacto con ellos mediante una corres­pondencia epistolar regular en las que les describía la vida y cultura de la gente en Argentina, el clima, el paisaje, los cul­tivos y tareas propias de la zona, siempre con una visión opti­mista como para entusiasmarlos e impulsarlos a radicarse en Eldorado, hasta que al cabo de 20 años, pudo experimentar la gran emoción del reencuentro con aquellos que llegaban con sus familias, a excepción de Olga que no pudo viajar debido a que vivía más alia del Muro, viuda y con sus hijos ya mayores. Fui yo la que lo acompañé a recibirlos a la estación del ferroca­rril "General Urquiza" de Posadas y, de regreso en la colonia, los ayudo en la búsqueda de trabajo por las diversas chacras de Santiago de Liniers para poder radicarse definitivamente. Hoy atesoro estos gestos de mi padre y entiendo que la consolida­ción de aquel gran grupo familiar, puede ser un ejemplo de lo que se conoce como capital social.

Los trabajos de mi padre fueron muchos y variados, como de los otros inmigrantes solteros que buscaban progresar materialmente para poder sustentar luego una futura familia. Recién arribado a la colonia de Eldorado, un domingo 6 de abril del año 1930, al dia siguiente comenzó a trabajar para el fundador entre los meses de abril y septiembre, pasando luego a revistar como mozo del recordado hotel Buddenberg des­de octubre de aquel año hasta fines de febrero de 1931, fecha en que decidió trabajar en el secadero de yerba del Sr. Obers- chelp. Más tarde, sirvió durante 4 meses en la chacra de don Roberto Lowe, etapa que recordaría por el excesivo trabajo y la baja remuneración lo que lo había deprimido al extremo. Para 1932 sin embargo, se encontraba cumpliendo tareas en la olería de don Pedro Arenhardt durante año y medio, más fue a partir de 1933 cuando empezó a progresar notablemente como contratista en la olería del Sr. Máximo Erwino Fuchs donde percibía el 50% de cada venta (1000 ladrillos se vendían a $24, suma de la cual mi papa recibía $12). Esta notable mejora po­sibilitó aumentar sus ahorros y lo condujo a la adquisición de su primera chacra en 1936. La propiedad de 27 has, era un monte virgen ubicado en Santiago de Liniers que en el registro de la propiedad figuraba como lote N° 49 - Fracción I. Pudo concretar la operación pagando $100 la ha.

Habiendo superado su condición de dependiente, mi pa­dre se dedicó de lleno a explotar su chacra, empezando con 1500 plantines de tabaco a la vez que destinaba 5 has a la yer­ba y 3 has al Tung. Poco después compró una vaca, cerdos y gallinas. Tras 6 años de sostenido trabajo y privaciones, po­día concluirse que no había emigrado en vano. Su vida había transcurrido en soledad, habitando un ranchito donde realizaba todas sus tareas domésticas. Ocasionalmente hacía vida social, participaba como un argentino más en los actos patrios y tam­bién frecuentaba los bailes de Eldorado ya que le gustaba mu­cho bailar, alternando con algunos amigos y allegados, entre otros con Teodoro Foss, Esteban Mowinski y Alejandro Hinc. Con este último compartió su rancho durante algún tiempo y entabló una relación franca que les permitió socorrerse recí­procamente con dinero en los momentos de necesidad, sin que mediara la firma de ningún pagaré. Edmundo decía que el valor del hombre estaba en su palabra, en su honestidad y decencia.

Conscientes del escaso número de mujeres en la colonia (en proporción 4 hombres por cada jovencita) los solteros debían apurarse en cada evento bailable para conseguir com­pañera. Estas eran mayoritariamente adole scentes de 14 a 16 años, mientras que los candidatos ya eran hombres adultos for­jados en el duro trabajo de sus chacras. Esta condición predo­minante, determinó también los casamientos de aquellos tiem­pos y no fue distinto en el caso de mis padres. Efectivamente, cuando Edmundo contaba con 26 años, conoció a mi madre Ana, de 14 años, durante la fiesta de casamiento de la vecina Viera Ischuk con N. Garasienchuk. El contacto fue entablado gracias a Rosa Drozt (hermana de la entrañable Tecla) que era una amiga y mensajera de mi padre y pudo pasar los férreos controles de Felipe, progenitor de la novia quien demostraba serios reparos frente al posible casamiento. A pesar de que los novios no podían hablarse ni frecuentarse demasiado (en rea­lidad no hubo noviazgo) mi padre perseveró en las visitas a la familia Baszuk y se valió de Rosa, que también era vecina de Ana, para acelerar el enlace. Es que Edmundo ya tenía la cha­cra equipada y los animales pero no sabía ordeñar la vaca y era urgente su necesidad de una compañera. Con insistencia, logró atenuar la posición del abuelo Felipe, de religión ortodoxa y muy rígido, quien finalmente consistió en darles el permiso para la boda y hasta colaboró con los preparativos de la fiesta. Este hecho significó todo un logro, porque mi madre estaba acobardada por la violencia de su padre y buscaba consuelo y consejo de Rosa, a la vez que iba concibiendo la idea de una vida mejor en el matrimonio. Con sus 14 años, se convenció de ello, pensando" no estaré peor que en mi casa".

El casamiento civil (aún no había iglesias en la zona) se concretó el dia 18 de diciembre de 1936, pero la casa de mis abuelos recién se vistió de fiesta el 24 de diciembre y con la presencia de los vecinos invitados, las familias Pasak, Ischuk, Mowinski, Prochaska, Drozt y Melnizuk, tuvo lugar el festejo cuyo menú fue preparado por las Sras. Pasaky Prochaska. La familia guarda en el recuerdo una significativa respuesta de la novia al juez del casamiento, quien en esa instancia le pregun­tó a Ana si no tenía temores de casarse, a lo que ella respondió 'NO... él va a ser mi esposo' frase que hace suponer su con­fianza en quien iba a ser su marido y en el matrimonio.

 

La historia de mi madre

Ya he presentado a mi madre Ana Baszuk, oriunda de Bredmirka, Wolin, Polonia, donde nació el 20 de febrero de 1922. Ella era la hija mayor entre las tres mujeres nacidas en Polonia del matrimonio de Felipe Baszuk y Paraskeva Lubia- nitski, ambos inmigrantes polacos que también habían elegido la opción de buscar mejores condiciones de vida en américa, sobre todo en argentina, país del que se hablaba muy bien. Coincidentemente, Felipe y Paraskeva eran huérfanos de ma­dre y habían soportado las penurias del hambre por la falta de trabajo o por los bajísimos salarios, al extremo de que Felipe, albañil, comía papas en reemplazo del pan que solo alcanzaba para la esposa e hijas. Resulta comprensible entonces la anéc­dota según la cual Ana, siendo niña, creía que los hombres no comían pan.

Como es sabido, en Europa circulaban las noticias sobre las ventajas que ofrecía nuestro país en aquellos años 30, tanto para acceder a un trabajo bien remunerado como para desa­rrollar la vida cotidiana de la familia. Sensibilizado con es­tas versiones, el abuelo Felipe con 33 años preparó su partida. Inicialmente pensaba viajar solo para buscar trabajo y recién más tarde llevar a la familia, pero su esposa Paraskeva, mujer dulce, frágil, de contextura pequeña y 36 años, se interpuso y decidió acompañarlo temiendo que, como en otros casos de los que migraban en busca de mejoras y no retornaban, su marido no volviera a reunirse con su familia. La abuela dijo con fir­meza '' si nos va mal, nos irá mal a los dos'', expresión que se ha conservado en la tradición familiar. Partieron de Polonia a fines del mes de febrero y llegaron al puerto de Buenos Ai-

-289- res el 13 de marzo del año 1930. Habían hecho la travesía del océano en el vapor polaco "krakus" y junto a las tres niñas, Ana de 7 años, Elena de 5 años, y Viera de 2 años, portaban todas sus pertenencias en un baúl grande y dos chicos, de los cuales conservo intacto el primero. La abuela, que venía em­barazada, recordaría más tarde aquella experiencia del viaje marítimo durante el cual se descomponía con frecuencia por el balanceo del navio que generaba el gran ol eaje del mar. La familia llegó a destino en la época de la cosecha del maíz y el Sr. Otto Durian, vendedor de tierras de la Compañía Eldora­do, colonización y explotación de bosques LTDA. S.A., los condujo directamente al km 23 (9 de julio) donde residirían en adelante.

Por el boleto de compra y venta de la tierra sabemos que el 26 de marzo de 1930, Felipe Baszuk, adquirió a medias con el amigo Albin Chomaszki el lote con monte virgen N° 97- Fracción G de 24 has por un valor de $ 1969, 21 m/n c/legal. Al abuelo le correspondió el sector oeste de dicho lote mien­tras que Chomaszki tomó posesión del sector este. La opera­ción se cerró con la entrega de una parte del valor de la pro­piedad al contado: $569,21 y el compromiso de pagar 2 cuotas de $700, con un interés anual del 8% pagadero semestralmente sobre las cantidades que quedaban pendientes de pago, el 25 de marzo de 1932 y 1934 respectivamente. Esta facilidad que otorgaba la citada compañía a los colonos recién llegados, se comprende si se tiene en cuenta que estos agricultores tenían que atravesar un largo camino de obstáculos antes de obtener las primeras cosechas: primero el desmonte, que se concretaba con el hacha durante varios días, con gran esfuerzo y sudor pero con la frecuente ayuda solidaria de los vecinos; luego el desmalezamiento y el "rosado" o quema de los restos de monte y recién entonces se podía preparar la tierra y cultivar. Las expectativas de estos labradores podían ser buenas si la tierra virgen era fértil, pero hubo casos de pioneros que de­bieron "lidiar" con suelos de muchas toscas y piedras, poco productivo, lo que marcaba su destino de sacrificio y pobreza. La presencia de los arroyos lindantes y arroyitos que surcaban algunas chacras, significaba una bendición para el riego de la huerta, los animales, el consumo de la familia y las elevadísi- mas temperaturas.

El abuelo Felipe, cuyo terreno limitaba por el norte con el magnífico arroyo Piray Miní y era atravesado en el sur por un arroyito interior, quedó muy satisfecho con su tierra. Igual­mente esos comienzos fueron de grandes sacrificios ya que hasta la construcción de su rancho, debió vivir algunas sema­nas con su familia en un galpón prestado del Sr. Jakimenko , (padre de Miguel) que se lo ofreció aun sin conocerlo , para mudarse después a otro galpón de la familia Drozt (los abuelos de Irene) . Entre tanto mantenía su hogar haciendo changas en las chacras aledañas, trabajos por los que no recibía dinero pero si víveres, como mandioca, maíz, y de vez en cuando, alguna gallina. Estos fueron tiempos del hambre. Su familia entendió que él era quien debía alimentarse mejor para contar con las fuerzas físicas que las duras tareas demandaban. Ana les relataría más tarde a sus hijos que en ocasiones a ella, sus hermanitas y la propia madre, solo les quedaban huesitos para saborear a la hora del almuerzo. Muchas veces, cuando "el hambre dolía", comían los brotes tiernos de tacuarita, frutos del monte y en el mejor de los casos, llegaban a contar con animales como venados, peludos y tatús, que Felipe cazaba con una trampa de hierro que había traído de Polonia o con los pescados, que lograban sacar del Piray Miní que le permitían a la abuela preparar el plato favorito de su esposo: la sopa de pescado.

Igualmente mi abuelo estaba decidido a ir adelante y hasta demostraba pertenencia a la nueva patria. Al respecto, doña Tecla Drozt, hija de colonos recientemente fallecida y amiga de Ana, entre los valiosos testimonios orales que dejó de sus imborrables vivencias, recordaba que Felipe cantaba a viva voz el Himno Nacional Argentino en los actos, desper­tando en ella real emoción. Aquella genuina testigo también comentaba como se las ingeniaron estos pioneros para contar con luz y seguir trabajando durante parte de la noche: juntaban ramas que dejaba el desmonte y encendían el fuego que no de­bía apagarse porque con su iluminación, continuaban cortando troncos con la tronzadora. También describía las linternas que fabricaban con tacuaras cortadas, uno de cuyos extremos se desflecaba para ser encendido. Esta rudimentaria linterna fa­voreció a los vecinos que solían visitarse al anochecer a propó­sito de reuniones familiares y de vecinos, éstas se concretaban en casas de familias ya que aún no había ni iglesia ni club para contenerlos. Asistían todos sin discriminación de credo y durante estos encuentros leían la biblia, rezaban y cantaban manteniendo las costumbres y cultura de sus respectivos paí­ses de origen.

Apenas pudo, mi abuelo Felipe levantó su propio rancho con solo 3 paredes y su familia se acostumbró allí a mantenerse alerta, especialmente frente a las amenazas de víboras y tigres. Estos últimos durante la noche, eran atraídos por los cerdos del flamante chiquero redondo que el abuelo había construido y que debió luego dotar de doble cerco de troncos para evitar el salto de los felinos que buscaban sus presas. También usaban la estrategia de golpear latas viejas para ahuyentarlos con su ruido. En cuanto a las víboras, llegaron a encontrar una casca­bel en el mismo piso de tierra de la vivienda y otra grande rep­tando sobre las paredes. Por estas razones los Baszuk optaron por hacer turnos durante la noche, con lo cual se reducían las horas de descanso en las precarias camas hechas con estacas y bordes de finos troncos,lastacuaras y hojas de tacuara reempla­zaban el elástico. Probablemente más adelante contaran con sabanas de bolsas de harina que Paraskeva cortaba y cosía, mientras Felipe aprovechaba los días de lluvias o el tiempo libre para fabricar yugos destinados a su vaca y ternero, con los cuales se arrastraban los rollos del monte.

A los 7 meses de establecerse en la colonia y cuando ya habitaban el rancho propio, la familia se agrandó con el naci­miento de María, el 31 de octubre del año de llegada. Era la última hija de Felipe, la única nacida en la nueva patria. Una vecina, la Sra. Jarchuk asistió a la madre en el parto. Las cua­tro niñas, en realidad la familia toda,mejoró su alimentación cuando el padre adquirió una vaca que les aseguró la leche. Es que se avecinaron tiempos mejores porque Felipe, además de plantar yerba, cosechó maíz, mandioca y el tabaco, con cu­yos recursos pagóla vaca además, cuando tenía excedentes de maíz, lo transportaba en maletas cargadas al hombro; salía al amanecer y después de recorrer a pie 15 km lo entregaba en un almacén del km 8, concretando un trueque en el que obtenía harina, aceite, grasa, sal, etc. para luego retornar muy cansado al anochecer. Cuando ya tuvo un galpón, la falta de refrigera­ción lo condujo a conservar la carne de cerdo salada y cortada en largas lonjas que pendían de los travesaños del techo dentro de una bolsa de arpillera.

Aún niña, con solo 8 años, mi madre Ana ayudaba en todas las tareas de la chacra. Salía a carpir junto a su madre "de sol a sol" hasta que este trabajo las hacía llorar de do­lor, más el abuelo las instaba a continuar, advirtiendo "si no trabajamos, moriremos de hambre". A Ana le gustaba ir a la escuela que por entonces funcionaba en casas de familias, pero solo completó el Io y 2o grado ya que, aunque le atraían las manualidades, cuando el maestro requirió lanas u otros mate­riales para esta área, su padre se enojó y no la mandó más a la escuela argumentando que no tenía dinero para esa demanda de materiales escolares. Cuando fue adolescente, Ana no contó con alternativas sociales, las hijas no debían salir y si obtenían algún permiso para visitar amigas vecinas, el control del ho­rario de regreso que ejercía su padre (observando la sombra que proyectaba el sol sobre un palo clavado en el patio a falta de reloj) era estrictísimo razón por la cual, aquella temía sus castigos y trataba de obedecer sus órdenes.

No obstante esta vida de exigencias y limitaciones, el padre de Ana evidenciaba buena salud. Nunca fue al médico ni al odontólogo y cuando accidentalmente se cortó un pie con el hacha y el dolor lo hacía gritar, se trató aplicándose grasa de cerdo sobre la profunda herida. Felipe Baszuk brindaba una imagen de hombre alto y robusto, de carácter enérgico y muy

 

estricto en la vida doméstica lo que suscitaba a veces el temor de la esposa e hijas. La abuela Paraskeva según ya la descri­bí, era una persona dócil cariñosa con hijas y nietos. A estos últimos les enseñaba cantos en ucraniano, dulce idioma de su hogar que se imponía en todas las reuniones familiares, sin embargo recuerdo en mis días de vacaciones con estos abue­los Baszuk, tanto a mí como los demás nietos nos hablaba en castellano. Creo que el aprendizaje de varias lenguas duran­te nuestra infancia, fue provechosa porque por su lado, papá, Edmundo Weber, que conocía el polaco pero su lengua ma­dre era el alemán, nos hablaba y reclamaba responder en este idioma. Sin embargo con mi madre Ana en los primeros años de matrimonio, solo podía entenderse en polaco hasta que ella aprendió el idioma germano. Además mi padre no se había ais­lado del mundo. Se mantenía actualizado escuchando la radio, creo que se trataba de un programa alemán y por las noches comentaba con su amigo el Sr. Myslicki la situación política mundial, sobre la cual temían que se desbordara hasta produ­cir una nueva guerra. En realidad este sentimiento de temor era compartido por la mayoría de los colonos. Nosotros, los hijos que no debíamos intervenir en las conversaciones de los mayores y permanecer en la cama, escuchábamos "a medias" estas versiones, sin tener plena conciencia de la magnitud de los estragos de la guerra que nuestros abuelos y padres habían vivido.

Palabras finales

No cierro esta historia de vida pues aspiro a que sea completada y/o corregida, tantas veces como sea necesariopor cada uno de los descendientes de este noble tronco familiar, que se sienta sensibilizado por conocer o ahondar en sus raíces ancestrales. Precisamente, a la generación que precedió a mis abuelos, es decir la de mis bisabuelos, no he podido explorar su­ficientemente. Me faltan datos importantes de ambas ramas que seguiré rastreando para poder completar esta historia de vida.

Asi mismo, deseo humildemente escuchar comentarios de familiares y antiguos vecinos y vecinas con las cuales compartí los hermosos años de la niñez y adolescencia, tiempo en que la presencia de nuestros padres fue tan fuerte como orientadora para los 7 hijos Weber- Baszuk, entre los cuales yo fui la mayor. Cada cual tomó su propio rumbo y asumió su destino con auto­nomía pero con el fuerte nexo de familia.

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Teresa Juana Boonstra | Respuesta 01.07.2018 15.54

Pioneros que han hecho tremendos sacrificios, luchando por el bienestar de los suyos , para ir hacia adelante en la vida...Los admiro tanto!!!. Te abrazo fuerte

Inge y Dieter | Respuesta 01.07.2018 13.18

Qué maravilloso y sentido trabajo!!! Un merecido homenaje a vuestros antepasados!Lo escribió Lidia?

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Comentarios

28.03 | 14:22

Excelente informe!! ,
Busco contactarme con extranjeros,colonos testigos de la época ,me interesa,gracias

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01.07 | 15:54

Pioneros que han hecho tremendos sacrificios, luchando por el bienestar de los suyos , para ir hacia adelante en la vida...Los admiro tanto!!!. Te abrazo fuerte

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01.07 | 13:18

Qué maravilloso y sentido trabajo!!! Un merecido homenaje a vuestros antepasados!Lo escribió Lidia?

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19.06 | 17:16

Excelente nota.

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