Traducción de Gisela Wachnitz

Historia escrita por Otto Degener

 

 ENTREVISTA REALIZADA AL SR. Otto Degener
 

        A modo de Introducción

 

Muchos son los hombres y mujeres del mundo que llegaron a la Argentina… buscando paz, trabajo, bienestar…

En 1853 definitivamente la República Argentina se organiza, se jura la Constitución, que nos rige hasta hoy con algunas reformas. En su Preámbulo invita a hombres y mujeres del Mundo a poblar el suelo argentino, y muchos, muchísimos llegaron, a todos los puntos cardinales al país, lo poblaron,  trabajaron la tierra, levantaron industrias, convirtieron al país en su nueva patria…

El objetivo de este artículo es recordar la epopeya de los inmigrantes, que llegaron a nuestro suelo, aquí a Eldorado. Pues nuestro Eldorado cumple en 2015 tan solo 96 jóvenes años.

Para preparar el ambiente a la lectura del siguiente trabajo, elegí un artículo del diario Alto Paraná, edición extra del 29 de septiembre de 1956, cuando Eldorado cumplió 37 años. Dice así:

“… Eldorado nació de un sueño. Se acunó en las vigilias prodigiosas de una lúcida mentalidad. Y fue forjándose en la ideación tenaz de un gran visionario: Concebirlo como una empresa del hombre para el hombre, Don Adolfo Julio Schwelm, se lanzó en pos de una idea colonizadora, aguas arriba del Río Paraná y aquí, en aquel entonces el 29 de septiembre de 1919, en un lugar sin nombre echó anclas “La Cuñatay”: El barco que conducía a los osados cruzados de la selva. Y entonces, esa tupida cortina verde que velaba el misterioso secreto de la selva, en este exacto paralelo de 26°, tuvo su nombre y se llamó ELDORADO.

Repetía la legendaria leyenda de los conquistadores hispanos, este nombre. Pero con una diferencia sustancial. Esta sería la ciudad de oro, porque aquí las tierras de la promisión argentina, en este rincón misionero, les brindaría a raudales la mayor riqueza del hombre: PAZ, TRABAJO Y BIENESTAR, sobre cuyos pilares alzarían sus hogares  los hombres de buena voluntad de más allá de los mares y de todos los paralelos de la tierra. Así, sobre este sueño y sobre el remanso esperanzado de una vida mejor, se hizo Eldorado. Acaso, en el tránsito de la gesta, hondos dolores abonaron las raíces nuevas. Acaso la sangre y el sudor, cuajaron mucha sabia. Seguro es que en el follaje nativo, en la levedad de los pétalos silvestres y en la dulzura de los frutos en sazón, el hombre antiguo y el hombre nuevo de estas tierras, tienen aprisionadas sus almas, que perdurarán más allá del tiempo, y del espacio. Porque forman los hilos invisibles de un destino que al principio no tuvo ni nombre y que hoy esplende en los cuatro puntos cardinales y se llama ELDORADO.”

Con esta introducción dedicada al recuerdo de nuestros pioneros, presento este artículo que fue editado por el diario “Freie Presse”, (Prensa Libre) de Buenos Aires, en alemán, al conmemorarse el 50 Aniversario de la fundación de Eldorado, el 29 de septiembre de 1969. El diario ”Freie Presse”, fue por muchos años una de las 23 publicaciones, diarios/periódicos, que se editaron en alemán en Argentina. El artículo lo escribió el pionero de Eldorado, Don Otto Degener.

 

Traducción del alemán y adaptación: Gisela Wachnitz

 

 

Para el 50 Aniversario de Eldorado

Ciudad del Trabajo y del Progreso

Resumen del Diario de un pionero sobreviviente,

por Otto Degener, 1969

 

Al principio no había nada más que una selva siempre verde e impenetrable, en la cual vivían sólo animales salvajes, insectos, víboras y otras alimañas.

Ningún camino, ningún sendero comunicaba esta región despoblada con el resto del mundo. Estaba cerrada a cualquier civilización y cultura, sólo el río Paraná permitía, como único enlace, la realización de  tanteos humanos por sus costas. Nativos vivían en algunas costas de los arroyos y ríos, que atravesaban la región, o cazadores luchaban en la oscuridad de la selva virgen por un camino, a través de un infierno de lianas, enredaderas y matorrales espinosos, un verdadero infierno verde.

Pero debajo del poncho de la jungla, debajo de añosos árboles tumbados se encontraba el suelo más rico en humus, una riqueza inimaginable para el hombre.

Sacar estas riquezas escondidas de la oscura e impenetrable selva virgen y hacerlo útil a los hombres fue la gran idea de Adolfo Julio Schwelm (96 años atrás). Cuando Schwelm compró las 67.000 hectáreas que hoy conforman la Colonia de Eldorado puso su fortuna  en riesgo.

Sus primeros acompañantes al hacer pie en el túmulo de arena a orillas del Paraná, donde  en el futuro se construiría el puerto, fueron el agrimensor Pomar y el experto en la Selva Misionera,  Adolfo Hummel.

Su espíritu de empresario y su sabia previsión hicieron que Schwelm creyera en un futuro exitoso. A la  enorme propiedad la llamó Eldorado, porque el esperaba, haber acertado con este nombre la denominación, que el imaginaba como realización de sus deseos y la meta de su obra.

 

Hacia la aventura

 

Cuando se comenzó con la mensura de Eldorado, yo aún vivía en mi patria, Alemania, contaba justo con  21 años, me dedicaba a la agricultura. La posibilidad de  éxito en  la profesión elegida era extremadamente  baja, debido a las consecuencias de la infeliz Guerra, Primera Guerra Mundial, además que la alta inflación ponía en riesgo mi herencia. Mi hermano menor, Rodolfo, tenía los mismos problemas.

Por este motivo ambos nos decidimos  en 1921 abandonar Alemania y emigrar a Argentina.

Tres años más tarde, después de muchos viajes por Paraguay, Chile y Argentina, cargados de aventuras y experiencias, regresamos por poco tiempo a Alemania. Después de tres meses de estadía en la patria nos encontramos de nuevo en un barco rumbo al Continente Sudamericano. En Buenos Aires nos esperó nuestro amigo, Karl Wehner, quien nos había acompañado en los viajes anteriores por las estepas y montañas. En distintos negocios compramos artículos para vender a la gente que encontraríamos por nuestro camino, especialmente en Paraguay. El 29 de diciembre de 1924 dejamos el Puerto de Buenos Aires en la lancha que habíamos traído desde Alemania, nuestra ”Yarará”, ese nombre le pusimos a la lancha, emprendimos el viaje hacia el norte por el Río Paraná. Éramos concientes, como novatos que éramos, de  esta empresa arriesgada y aventurera.  Teníamos que hacer 1.600 km por el Río Paraná. Apenas dejamos el Puerto de Buenos Aires una gran tormenta nos  obligó a regresar y buscar refugio al costado de un buque de carga griego. Así pasamos la primera noche en nuestra engalanada lancha anclados en  la salsa sucia que se formaba en el río con las sobras de la cocina que se arrojaban del ojo de buey (ventanas redondas de los barcos) del barco griego.

De noche terminó la tormenta, así que pudimos atrevernos de hacer un segundo intento de navegar hacia lo desconocido. Era el 30 de diciembre de 1924. El tiempo se había calmado, boyas nos marcaron el camino que debíamos seguir. Después de semanas de viaje alcanzamos sanos y salvos a Posadas, la Capital del Territorio de Misiones, en ese tiempo Misiones aun no había sido declarada Provincia, se llamaba Territorio de Misiones.

Con un calor agobiante llegamos a las tres de la tarde a la metrópoli. Como en todos los puertos que atracamos, también en Posadas mostramos nuestros documentos y credenciales. Después que fueron vistos los papeles de la lancha, nos indicaron que anclemos a nuestra  ”Yarará” en la laguna que se encontraba cerca. Teníamos que descargar la mercadería, pero no nos dieron permiso para venderla en el lugar. Nos pusieron un marinero que nos observaba con cara de pocos amigos. Se llamó a un  hombre con un carro tirado por mulas, que debía llevar nuestro equipaje a una pensión, antes se convino el precio del transporte. Así el patio de la pensión se llenó de cajones y bultos, algunos chicos miraban desde la calle, con la esperanza de apoderarse de algún objeto, esperando que caiga algo de los desvencijados cajones. Cuando terminamos de descargar a la “Yarará”, nos dedicamos a buscar un hospedaje. Posadas no había cambiado casi nada desde que habíamos estado tres años atrás. Si, había algunos autos que habían aparecido. Pero sino estaban los mismos tipos delante de los bares y en la plaza. Tipos, a los que se le veía, que no habían inventado el trabajo.

 

Comienzo modesto

 

Paraguayas que fumaban cigarros ofrecían sus artículos, casi todos contrabandeados, caminaban con canastas llenas de verduras que balanceaban sobre sus cabezas, vendiendo sus productos cobrando buenos pesos argentinos.

En un camino de gran pendiente hacía el río encontramos una humilde casita, apta para nosotros. La alquilamos. Nuestras pertenencias nuevamente fueron cargadas al carro de mulas, y transportadas a las dos habitaciones de la casa, que en adelante se convertiría en un almacén. Muy rápido hicimos de los cajones una mesa, para exponer la mercadería. Con una azada limpiamos el piso y con una escoba sacamos las telas de araña. El techo de paja olía a humo frío, seguro se había hecho fuego sobre el piso. Luego se desinfectó todo con agua y kreolina, se extendieron las camas de campaña y con una cortina se separó el almacén del dormitorio. De noche algo piaba y caminaba con pasitos cortos, arriba y debajo de nosotros. De sus cuevas habían llegado las ratas, se divertían en el nuevo entorno. Enfurecidos sacamos a “Putzi”, nuestra perra salchicha, regalo de un portero de un hotel en Buenos Aires, de abajo del mosquitero, azuzándola para que cace a los perturbadores. La perra no cazó nada, pero todo quedó en total desorden y tuvimos que lamentar roturas en la mercadería para vender.

Al día siguiente paseamos por Posadas con la idea de enterarnos sobre la situación actual de la economía del territorio. Posadas contaba con dos o tres hoteles, que tenían pocos clientes de otras provincias. Las pensiones baratas y llenas de chinches estaban todas ocupadas por colonos y otra gente que contaba con pocos ingresos. Sobre la Plaza, delante de la Iglesia y del Café Tokio, (se refiere aquí Don Otto a la Plaza 9 de Julio), todo se movía como hace tres años, en 1921, ya había movimiento allí. Los jóvenes caminaban para un lado y las jóvenes para el opuesto. A la orilla del pavimento había sillas y mesas, allí se reunía la “crema” de la ciudad y tomaba su vermuth.

En la Plaza 9 de julio y en el Bar Tokio descubrimos algunas personalidades con maletines provistos de carpetas con datos. Se preocupaban de aconsejar a los europeos recién llegados. Nuestro amigo Otto, a quien encontramos aquí,  nos contó que estas personas simpáticas pertenecían al grupo de Schwelm. La colonia Eldorado, que Schwelm había fundado, hacía más de un año que estaba poblada y tenía toda la apariencia de  sobrevivir a las dificultades del comienzo, dificultades que muchas veces otros emprendimientos similares no lograron sobrellevar y fracasaron. Los primeros colonos que fueron traídos a Eldorado en 1920 fueron daneses, suecos, alemanes-brasileros, alemanes e italianos.

Alto Paraná

Una conexión por tierra a la colonia, caminos, no existía, sólo se podía llegar por vía fluvial, recorriendo el río Paraná. Esta vía fluvial tenía en Posadas 3 km de ancho, ensanchándose aguas abajo, pero hacia el norte de Misiones el lecho del río se hace más angosto y en consecuencia más profundo. Constreñido en una selva montañosa es navegable hacia el norte hasta Puerto Méndez en Brasil, donde es interrumpido por los Saltos del Guayrá, (hoy estos  Saltos están cubiertos por las aguas del lago de la Represa de Itaipú). Después de los Saltos del Guayrá el Paraná  sigue siendo navegable hacia el profundo interior brasileño.

Desde el barco se ve la Selva Misionera con las costas altas con sus  muy pequeños y primitivos puertos, los que muchas veces llevan nombres importantes como ser Candelaria, Santa Ana, San Ignacio, Santo Pipó, Puerto Rico, Caraguatay, Montecarlo y finalmente Eldorado. Todas estas colonias tienen muchos kilómetros de superficie hacia el interior, donde los colonos tienen sus propiedades.

El pueblo se sitúa generalmente en las cercanías al puerto, consta del edificio de la administración de la colonia, uno o dos almacenes, la comisaría de la policía y varias barracas, o sea lugares donde vivían los recién llegados hasta ocupar su chacra. Las casas están casi todas construidas con tablas que los colonos mismos cortaban a mano con la troceadora, los techos con tejas de madera, que preparaban con el hacha.

Hacia el norte de Eldorado hasta Puerto Aguirre (hoy Puerto Iguazú), se observa la Selva Misionera, cerca del mismo se encuentran las famosas Cataratas del Iguazú. Todavía existen algunos obrajes, que se ocupan únicamente de la extracción de la madera. En el lado paraguayo del río existen establecimientos parecidos. El río Iguazú desemboca en el río Paraná en Puerto Aguirre. Para llegar a las Cataratas del Iguazú hay que cabalgar por más de 18 km por una picada angosta, después de esta cabalgata se está frente a este hermoso escenario de la naturaleza con sus estupendas masas de agua, que caen  de 72 metros de altura al precipicio.

 

Lugar peligroso

Nuestro primer viaje con la lancha” Yarará” hacia el norte del país nos enseñó mucho. En todos los puertos que atracamos llegaron los habitantes siempre amables, nos compraban mercadería y nos visitaban en la  ”Yarará”, donde los recibíamos con un gran tambor con caña paraguaya. Únicamente en un puerto privado tuvimos problemas para vender nuestra mercadería. El propietario del puerto creía que tenía el monopolio del mismo, casi terminó esto en un tiroteo con sus capataces y el mismo dueño. Nos amenazaron con armas. Arrojamos una botella al aire y con varios balazos certeros a la misma les infundimos temor. Se alejaron.

Durante nuestro viaje de Posadas a Eldorado una hermosa tarde de verano ya casi otoñal, divisamos en la costa una hermosa casa de campo inglesa, el parque llegaba hasta el río Paraná, todo desmontado, con césped y flores, arbustos  y palmeras. Un cerco de enormes bambúes hacía de límite contra el banco de arena del río. Era la propiedad de un inglés, Foster,  un amigo de Schwelm y director de una compañía de trenes.

 

Eldorado

 

Unos kilómetros más al norte descubrimos otra vez un banco de arena en la costa. Era el Puerto de Eldorado. Lentamente  nos  acercamos a la costa de arena y rocas, llegamos al destino. A la mano derecha, en la costa alta se veían señales del trabajo del hombre, que nos hizo razonar que allí se extendía el famoso parque de Adolfo J. Schwelm.

A la orilla del banco de arena anclamos. Hacia arriba de este banco estaba construido un bungalow de material, pintado de blanco radiante, en el que vivía el capitán del puerto. Ese hombre, un descendiente de un padre alemán y una madre nativa, era muy alto, infundía respeto. Su piel era oscura, sus labios azulados. Me hizo acordar a un tipo parecido en Río Negro, también era descendiente de un alemán y una nativa, y que dentro de los habitantes locales ocupaba un status dominante. El de Eldorado se llamó Adolfo Hummel, mientras que el de Río Negro se llamó Adolfo Boldt.

Una calle con muchas curvas conducía del Puerto  hasta el interior de la Colonia, pasando por el Parque Schwelm, allí éste construyó su casa traída desde el Chaco, donde durante la 1° Guerra Mundial, Don Adolfo J. Schwelm fabricaba durmientes de quebracho para las compañías de ferrocarril inglesas que trabajaban en Argentina. Desde el río, después de un kilómetro aproximado de travesía hacia el norte, se llegaba a la calle principal de Eldorado, donde también estaba el edifico de la administración y el Hotel de los Inmigrantes. Todo el complejo está construido de tablas aserradas y techado por tejas de madera.

Encontramos algunos jóvenes alemanes que trabajaban para Schwelm. Estaban de muy buen humor, se habían acostumbrado al clima, a las alimañas, como así también a sus ranchos precarios. Cuando les pregunté en que consistía su trabajo contestaron: “Carpir, carpir  y siempre otra vez carpir, pues sólo en el invierno podés plantar. Hombre, te salen ampollas y callos en las manos y si tenés suerte, podés arar con los bueyes  o caballos entre los tocos de los árboles en los desmontes. Nuestro  jefe de jardineros es un tipo amable. A veces nos saca de aquí para hacer otros trabajos en el Parque Schwelm.”

Les pregunté:” ¿Qué ganan ustedes? O sólo están aquí para aprender?”  Nos contestaron: “Bien, estamos  aquí para aprender, pero recibimos un sueldo por nuestro trabajo”.

Les dije: “Entonces nos tienen que hacer una visita en el puerto, allí está anclada nuestra lancha, pueden comprar muchas cosas útiles, además siempre damos una buena caña como plus. Traigan mucha gente para que esto se ponga alegre”. Nos contestaron: “ De eso ya nos encargaremos”.

Despacio seguimos caminando, el calor era intenso. Entre las copas de los árboles y los techos de los ranchos divisamos una antena de radio. Seguramente fue la única antena en su clase que había desde Posadas hasta Puerto Aguirre (Iguazú). Se podía establecer comunicación desde la Selva Misionera al mundo civilizado por telégrafo.

La Selva se alternaba con claros, a lo largo de la calle principal, que era la columna vertebral de toda la colonia y que más tarde tendría que extenderse hasta las Araucarias de San Pedro y Barracón en Brasil.

De la calle principal salían las picadas, caminos abiertos con machete, donde están las chacras con 25 a50 hectáreas cada una.

Después de otra corta caminata llegamos a un almacén, totalmente construido  de chapa, pertenecía a Claudio Rodrigo. A su almacén los colonos traían sus productos y aquí compraban con sus ganancias todo lo necesario.

Siguiendo el curso de la calle principal por varios cienes de metros llegamos al llamado pueblo del km 2, que tenía sólo algunas casas, donde vivían: El médico, el juez de paz, el comisario de policía, el jefe de jardineros del parque Schwelm, y el pastor. Además había una herrería, un hotel alargado construido de material llamado “Storti Hotel” que pertenecía a un italiano.

Con un carro a caballos alquilado en el km 3  al viejo Durian nos trasladamos hasta el km 10, donde terminaba la calle transitable. Si se quería seguir adelante se tendría que haber usado un machete para abrir una picada.

 

Oro Verde… en aquellos tiempos

 

Los colonos generalmente sembraban maíz en los rosados quemados, también plantaban mandioca, para alimentarse y también para los chanchos. Se plantaba tabaco para poder obtener un poco de dinero en efectivo de los compradores. Las plantaciones más grandes e importantes eran las de yerba mate, de éstas se esperaba que alguna vez premiarían todos los esfuerzos. A la yerba mate se la llamaba “oro verde”. Si  no se contaba con un vivero de yerba mate, se podía comprar los plantines en el vivero del Sr. Schwelm. Alrededor de 1000 plantas se plantan por hectárea. Después de cuatro años se cosecha por primera vez la planta, luego se cosecha cada año, se calculaba con una vida útil de 30 a 35 años de estas plantaciones, en caso que los árboles sean adecuadamente tratados y no mal podados durante las cosechas. Habría plantaciones de yerba en Misiones que daban 15 a20.000 kg por hectárea.

 En las picadas se podían encontrar lagartos tan grandes como un pequeño cocodrilo,  también había enormes víboras “campanilla”, yarará, que con fiaca estaban tiradas bajo los árboles. Para el caminante era muy importante tener gran cuidado en las picadas. Por este motivo los colonos muy rápido aprendieron a cabalgar, también mandaban a los chicos a caballo a la escuela. O para hacer compras al centro del pueblo. Muchas veces se veía a los chicos, de a tres sobre su manso caballo.

En confianza con el talento colonizador de Schwelm, y con las posibilidades de desarrollo en la exuberante y hermosa Selva Misionera, con la vía fluvial del Paraná y las fenomenales Cataratas del Iguazú, decidimos establecernos en Eldorado.

Estuvimos obligados a comenzar como lo habíamos programado anteriormente, como comerciantes, compra y venta de mercaderías.

Nuestra mercadería y equipaje fueron cargados en el puerto a los carros polacos de Don Fortunato López, figura de un viejo gaucho con anchas bombachas, espuelas de plata  y un cinturón ancho que lucía  muchas tachas también de plata, en el que por supuesto no faltaba el gran colt, un revolver. Sobre su cabeza blanca lucía un sobrero de fieltro negro enrollado hacia arriba. Cabalgaba una mula blanca, mientras que las de los carros eran casi todas mulas negras. Nuestras cosas fueron transportadas al km 3, a la propiedad de la familia Kreuz, dejamos descargar todo al aire libre, al lado de la calle principal.

 

Nuevo Comienzo

 

Por encima de un árbol caído montamos algunas lonas como techo. Los cajones tenían que hacer de paredes y el tronco del árbol como mesa. Así comenzamos nuestros primeros y serios tanteos en Eldorado. Muy pronto nos dimos cuenta que tanto los colonos como los peones gustaban de comprar en nuestro “local”, por tal motivo nuestra totalmente primitiva carpa ya no  alcanzaba. Por tal motivo alquilamos al vecino de enfrente una construcción de madera. Aquí trabajamos con mucho éxito y muy pronto hubo más de un envidioso.

Cuando compramos un camión Ford para atender mejor a los clientes, se produjo una pelea con el dueño de  la casa que alquilábamos. Este afirmaba que con las ruedas de goma del  camión se arruinaba el suelo delante del edificio. Tuvimos que irnos, el juez de paz nos dio dos meses de plazo para ello. Nos habíamos olvidado de hacerle un regalo al Juez de Paz, quien estaba acostumbrado a dar su veredicto de acuerdo al tamaño del regalito o de la complacencia de seres femeninos.

Antes de este acontecimiento estábamos elaborando planes de comprar un lote en el pueblo, en el km 2, pero debido al veredicto del juez se aceleraron nuestros planes. Del italiano Storti compramos dos lotes pequeños sobre la calle principal, uno frente al otro.

Nuestra lancha “Yarará” no descansó en este tiempo, sin descanso traía nuevas  mercaderías.

Inauguramos nuestro nuevo almacén el día en que debíamos salir del viejo por orden judicial. Para gran asombro de los envidiosos mandamos a construir un edifico de material por un maestro mayor de obras.

Cuando llegaban colonos nuevos al puerto de Eldorado eran recibidos por Hermann Durian, llamado el “corredor de monte”, quien les tenía que mostrar las chacras en venta. Durian ayudaba a los nuevos a cargar su equipaje sobre los carros de mulas de Don Fortunato. A  la familia la acompañaba al hotel de los Inmigrantes. Allí ésta se hospedaba hasta adquirir su chacra. De allí el nuevo colono cabalgaba o viajaba en carro a su futura chacra,” el corredor de monte” debía convencerlo de las bondades del suelo. De parte del agrimensor se le mandaba dos o tres peones, que nuevamente abrían  con el machete los límites de su chacra recién adquirida. A continuación el colono y su familia quedaban en la chacra abandonados a su suerte.

 

 

El Fundador: Adolfo J. Schwelm

 

Un buen día apareció delante de nuestro almacén una persona a la que estábamos esperando hace mucho tiempo, Don Adolfo J. Schwelm. Paró su caballo, estaba en compañía de su esposa. Nos saludaron. Schwelm era de estatura mediana, cabello negro, y un bigote. Su voz tenía un matiz sonoro, que descubría su aprendizaje musical.

Nos pareció simpático, si bien sus características de gran señor eran algo acentuadas. Su esposa, que pertenecía a una familia de alcurnia argentina, era de figura menuda. Su apariencia simpática estuvo en consonancia con su carácter, pues cada persona que hablaba con ella, le simpatizaba.

Don Adolfo se informó sobre nuestro estado y nuestros planes Con interés observó nuestro  nuevo edificio y también el galpón de tabaco que construíamos enfrente, al otro lado del camino y dijo en alemán: “Una buena idea la suya, le deseo mucha suerte en su emprendimiento! Pero no se quede demasiado tiempo como comerciante, eso no es para Ud.! Venga a visitarme y  hablaremos sobre su futuro!”

Después de esta conversación nació la decisión de comprar chacras. Desde 1926 me pertenece la chacra conocida como “Puerto Edén”! También mi hermano Rodolfo se hizo más tarde plantador de yerba mate. Nuestro amigo Karl emigró a Australia, desde donde añoraba volver a Argentina.

Si hoy se desea viajar por Misiones (1969) existen cuatro posibilidades de hacerlo. O se viaja por la Ruta 14 a través del interior de la provincia siguiendo el curso del Río Uruguay. Otra posibilidad es viajar desde Posadas por la ruta 12 siguiendo la costa del Río Paraná, que une, como ya lo he nombrado, las Colonias del Alto Paraná, para terminar en las Cataratas del Iguazú, donde se une la ruta 12 a la ruta 14. Hay otra posibilidad de hacer el viaje en barco, un barco que viaja río arriba donde se puede observar el paisaje desde el profundo lecho del Río Paraná. Como cuarta posibilidad queda el avión, que lleva a los viajeros inmediatamente como a través de un mapa a su destino mientras pueden observar cerros, ríos, pueblos, selva y plantaciones. Si se desea conocer a la verdadera Misiones con sus maravillosas bellezas naturales, con sus preocupaciones y progresos se tiene que viajar a través de las rutas terrestres.

 

 

Viaje por la Ruta

 

Se viaja  hoy en ómnibus o en su propio auto. En estos días ya no llegan nuevos colonos europeos que inmigran, sino que son franceses expulsados de Algeria (África), belgas del Congo como así japoneses de Corea, quienes están en busca de una nueva patria.

Existen  innumerables tierras que están a su disposición, que esperan ser cultivadas. Los omnibuses que comienzan su viaje en Posadas desde el Mástil (Avda. Mitre y Uruguay) están casi siempre totalmente ocupados. Al lado de pioneros de barbas grises se sientan elegantes rubias hijas de colonos, campesinas avejentadas por el rudo trabajo en la chacra como así también familias criollas con muchos hijos y hombres de negocios elegantemente vestidos, todos juntos en el ómnibus. Se escucha hablar, además del español, muchísimo guaraní y alemán.

 

San Ignacio

Viajando rápidamente primero se hacen 70 km asfaltados hacia el norte, hasta Santa Ana. Se pueden observar los campos ondulados típicos de Corrientes que siguen en el sur misionero. Luego el paisaje comienza a mostrar montes y se transforma en serranías. Después de San Ignacio muy pronto termina la ruta asfaltada y siguen los caminos de tierra, donde se está trabajando con todos los medios para llevar hacia más adelante la ruta asfaltada. En San Ignacio se encuentran los restos destruidos de las Ruinas Jesuíticas, construidas alrededor de 1632. Los Jesuitas habían poblado una gran superficie del lugar junto a nativos Guaraníes expulsados de Brasil. Estos misioneros estaban huyendo junto a los nativos de los “Mamelucos” de Sao Paulo, un grupo de mestizos entre nativos y negros, que sometían y asesinaban a los nativos que se habían convertido al cristianismo.

Los Jesuitas junto con los Guaraníes tuvieron que abandonar su última Reducción en Guayra, debiendo huir ante el peligro de ser masacrados por los “Mamelucos”. Se tienen datos que 12.000 Guaraníes con los Padres Jesuitas comenzaron el desplazamiento sobre el río Paraná. Se construyeron 700 balsas y un gran número de canoas con los que esta gran masa de gente se dejó deslizar río abajo. Cuando llegaron a los Saltos del Guayra los fugitivos trataron que sus medios de transporte traspasen sin daños estos desniveles.

Esto lo lograron sólo en parte. Más de 300 balsas fueron destruidas y mucho equipaje se perdió. Con mucho esfuerzo los fugitivos cargados con su equipaje se movieron a través de la selva, cruzaron ríos, arroyos y bañados y llegaron después de 25 km de desvío hasta un lugar navegable del río Paraná. En este lugar se aprovisionó la flota dispersada rumbo hacia el sur. Mientras acampaban a orillas del río Yabebirí una peste devastadora asoló el campamento, como consecuencia miles de Guaraníes dejaron su vida allí. Con el resto de los sobrevivientes los Jesuitas llegaron a un lugar que les pareció apropiado para fundar una Reducción a la que llamaron San Ignacio Miní.

Después 150 años de haber estado instalados allí, los Jesuitas fueron expulsados por el Rey de España. Tuvieron que abandonar todas las Misiones del Continente. Los Guaraníes, ya solos,  fueron dispersándose, la Misión de San Ignacio quedó abandonada, sufrió un incendio y sus ruinas fueron invadidas por la tupida Selva Misionera, quien cubrió los últimos restos de las mismas, desapareciendo así la Misión Jesuítica, hasta que un buen día el Gobierno Argentino liberó a las Ruinas de la Selva Misionera, mandó despejar las 4 hectáreas que formaban San Ignacio Miní y lo entregó al turismo.

Siguiendo el viaje hacia el norte, ya se comienzan a avistar a la izquierda y a la derecha de la ruta las plantaciones verde oscuras de la yerba mate. Cuando se llega a Santo Pipó prácticamente todo es selva virgen. Cambia la fisonomía de las plantaciones de yerba mate que nos habían acompañado hasta ahora. Presentan otro aspecto, los árboles son más tupidos y más grandes, el suelo es más rico. La tierra colorada muchas veces contiene  un aditivo oscuro a través del humus. Además de plantaciones de yerba mate, naranjas y tung, afloran muchas reforestaciones de pino. Siguiendo viaje, se presentan hermosos paisajes a la vista. Jardín América, Puerto Mineral, donde se construirá una fábrica de papel (Papel Misionero), Puerto Rico con sus numerosas y hermosas iglesias, todos colonias bendecidas por la fertilidad del suelo y las bellezas de la naturaleza.

 

 

El tiempo nuevo

 

Sigue la ruta, en partes con mucha Selva Virgen impenetrable, en otros lugares la mano del hombre ha talado la selva y se pueden observar idílicas chacras de los colonos y casas construidas con gusto. Se ve gran cantidad de enormes caminos en construcción, que son testigo del apogeo de la producción de las chacras, esperándose a la brevedad una ruta asfaltada. Cerca de Montecarlo se observan plantaciones de té, algunas pequeñas, otras muy extensas, esta colonia cuenta con una moderna fábrica de té. Después de Montecarlo viajando hacia el norte se observan gran cantidad de plantaciones de pino, que pertenecen en su mayoría a Celulosa Argentina de Puerto Piray. El paisaje se muestra aquí bastante ondeado, con serranías, mostrando una hermosura especial. Se cruza el Piray Guazú a través de un puente largo y bajo,  llamado pasarela. Esta pasarela será reemplazada por un  nuevo puente, una obra arquitectónica que se está erigiendo unos kilómetros más abajo de esta pasarela, más cerca del Río Paraná. Si bien desde la ruta la vista de las márgenes eran indescriptiblemente pintorescas, ahora, ya en la ruta hacia Eldorado, el paisaje era directamente paradisíaco.

Hasta donde alcanza la vista se alza una suave ondulación, atravesada por innumerables arroyos, con jugosos potreros y cuidadas plantaciones, que hace todo el honor al nombre de Eldorado. El poblado se encuentra en una zona alta, parece una lámina pegada, a través del verde oscuro de los árboles ornamentales se divisan las casas de la joven ciudad iluminadas por el sol radiante.

El Eldorado de 1924 con su salvaje romanticismo ya hoy no existe más. Pero probablemente mantuvo su carácter, que muchos caracterizan como un far-west, parecido al viejo oeste americano.

La colonia se adaptó a la carrera progresiva del tiempo y se transformó  con su población aproximada de 35.000 habitantes en un factor importante en la vida económica y en la historia de la Provincia de Misiones. Quien quiera lograr algo en Misiones tiene que tomar en cuenta a Eldorado, la Ciudad del Trabajo y del Progreso. En 1960 el centro de Eldorado se encuentra en el km 9, la ciudad pujante se extiende a lo largo de una extensa calle. Si  bien la idea fue que se extienda desde el km 2, cerca del Puerto, Eldorado tomó su propio rumbo y se mantiene en su peculiar forma de construcción posiblemente única en la Argentina.

Hasta más allá del  km 14 se agrupan barrios relacionados con asentamientos a la orilla de estos caminos extendiéndose hacia todos los lados, un conglomerado sin fin de localidades, a lo que se llama ciudad Eldorado.

Más allá del km 24 continúa el desarrollo a lo largo de los caminos, será sin freno más allá del km 35.

En caminos laterales y valles se han desarrollado  lejos de la calle maestra de Eldorado, otros pueblos, barrios periféricos, como ser por ejemplo la Picada Württemberg (hoy Barrio Oleaginosa, o Barrios Unidad e Independencia del km 18, que en realidad originalmente fue la Picada 18). El “Bayerntal”, o sea Valle de Baviera, el Schöntal, Valle Hermoso, sigue llamándose así y la Schweizerpikade, Picada Suiza.

Fue distribuído este conglomerado entre los municipios de Eldorado, 9 de Julio y Santiago de Liniers.

En el centro de Eldorado se encuentran los edificios de la Cooperativa Agrícola, y de los tres bancos, el hotel Bella Vista, el Copetín al Paso, el Automóvil Club, como así también una cantidad importante de negocios, restaurantes y casas particulares, sin olvidar los salones de exposición para autos y tractores, entre los cuales se encuentra la conocida marca “Hanomag”, propiedad de mi hijo Gero Degener. Además hay cinco farmacias en el km 9, una fábrica de soda, un Consulado Alemán y otro Paraguayo, y por supuesto una terminal de ómnibus del que salen los buses a todo el país.

En un lugar maravilloso, sobre una colina se levanta el lujoso hotel de Turismo, y más allá un  moderno Hospital, SAMIC, que aún no está en funcionamiento. De noche, la pequeña City, muy iluminada por lámparas de mercurio, con  mucho tránsito automotriz, aparenta realmente ser una ciudad. La apariencia de una ciudad  iluminada por la Cooperativa de Electricidad, CEEL, del km 8, donde también funciona la Central Telefónica.

Dado la amplia extensión del pueblo, se encuentran en él importantes instalaciones, como ser la Municipalidad, Gendarmería, Policía, Tribunal y Juzgado de Paz, Registro de las Personas, Hospital Regional y Médicos, distribuidos a distancias kilométricas.

El ómnibus proveniente de Posadas, siempre que no tenga que continuar con su recorrido hasta Iguazú, dobla aquí en el km 9 y entra a la calle principal, pasando por la Plaza Sarmiento hasta la Terminal de Ómnibus, amplia y modernamente instalada. Desde allí se tiene una amplia vista sobre  una parte de la ruta transitada y de los cerros cubiertos de selva en el horizonte.

Lo que alguna vez don Adolfo Julio Schwelm soñó de su empresa colonizadora se hizo totalmente realidad. La colonia siguió viva y se impuso y se desarrolló a pesar de  todas las adversidades.

Cuando entre los años 1929 hasta 1935, como consecuencia de una difícil crisis en la economía de la yerba mate, parecía que la colonia se paralizaría,  los colonos se ayudaron entre sí y fundaron la Cooperativa Agrícola de Eldorado, que hoy actúa como columna vertebral en toda la región y es la fuente de seguridad y de progreso para los colonos y trabajadores, ya que logró un trabajo en conjunto y un entendimiento mutuo entre ellos.

El Fundador de la colonia ya no pudo vivir los últimos progresos de su obra. Falleció el 23 de noviembre de 1948 a consecuencia de un derrame cerebral.

Mientras tanto, la muerte extendió su cosecha inevitable entre los primeros pioneros. Muchos de nuestros seres queridos, de nuestros amigos ya no están. En 1967 falleció mi esposa, quien dejó dos hijas casadas y un hijo, - y en 1968 falleció mi hermano Rodolfo con quien llegué hace tantos años a estos lugares, dejando a su viuda y una hija casada en Eldorado.

Nosotros, los de la “vieja guardia”, fuimos bajando de número en los 50 años de la construcción de Eldorado. Ahora la juventud va a seguir  la obra y desarrollarla.

 

Otto Degener  1969

Traducción y adaptación: Gisela Wachnitz

 

 

 

 

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Mary Lawrence Kristiansen | Respuesta 08.11.2015 13.00

Me gustó mucho el artículo del Sr. Degener. Muy interesante todo su relato, y me trajo recuerdos de lo que contaba nuestro padre, que tambien fue colonizador.

Frances Lowe | Respuesta 07.11.2015 23.29

Este artículo está impreso en el Libro Eldorado Volumen 2

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Comentarios

31.07 | 17:10

hermoso y detallado relato de un pueblo luchador.Felicitaciones por dedicarle ese lindo tiempo a una historia de esta bella ciudad enclavada en la selva.

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28.03 | 14:22

Excelente informe!! ,
Busco contactarme con extranjeros,colonos testigos de la época ,me interesa,gracias

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01.07 | 15:54

Pioneros que han hecho tremendos sacrificios, luchando por el bienestar de los suyos , para ir hacia adelante en la vida...Los admiro tanto!!!. Te abrazo fuerte

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01.07 | 13:18

Qué maravilloso y sentido trabajo!!! Un merecido homenaje a vuestros antepasados!Lo escribió Lidia?

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