EL VALLE SUIZO ELDORADO 1937 VISTO POR Hugo Ferrari

Llegada de los Pioneros Suizos al Puerto de Eldorado en el barco Gonzalito -Año 1937
EL VALLE SUIZO DEL ELDORADO EN 1937 VISTO POR HUGO FERRARI
Escrito por Julio Cantero | | |
El señor Hugo F. Ferrari es empleado del gobierno suizo en Argentina a cargo de relevo de la situación de los inmigrantes que ese país europeo financió para que se radicaran en distintos puntos de América dado que en su suelo natal se cernía el escenario deplorable de la post guerra, que en realidad era de entreguerras, sabemos hoy. Este hombre hizo para nuestra fortuna mucho más que un informe y en cambio nos deja un relato entrañable [1] de muchos, entonces, pueblos o colonias, que hoy día son importantes ciudades de Misiones. La riqueza de su trabajo y lo agradable de su narración nos llevan a trasmitirlo en cita extensa, de partes abocadas a los distintos sitios relevados. Se trata de un libro raro, una edición de solo 50 ejemplares, que la suerte ha querido que encontráramos en esa mesitas de usados que no pocas veces ofrecen sus tesoros a precios irrisorios.
En esta ocasión traemos la semblanza casi paisajística de Eldorado, un entrañable relato que nos ilustra la situación de esta prospera colonia en sus primeras décadas y en el que ya se vislumbra lo que será su prodigioso porvenir. Para aquellos que conozcan Eldorado y su historia de seguro este fragmento de la obra de Hugo Ferrari les parecerá una postal literaria amena y tierna. Sin más dejamos a continuación que la pluma de Ferrari nos remonte a la picada maestra en 1937 y en particular al valle suizo allí fundado.
Suizos congregados en el Parque Schwelm. Agosto de 1937
A eso de mediodía, llegamos a Eldorado.
el Puerto es bonito y original en su aspecto con el gran galpón de la empresa "Fim" que se asoma sobre el barranco, y los rieles que descienden hasta el río mismo. Me está esperando el coche del señor Schwelm y, aun cuando el trayecto hasta su residencia no dure más de unos minutos, alcanzo a observar unas cuantas hechas de material, sólidamente construidas, algunas de ellas hasta coquetas.
Nuevamente se cumple la ley de los contrastes. Ayer, me alojaba en la piecita franciscana de la Pensión Suiza en Puerto Rico; hoy me recibe la lujosa casa de huéspedes emplazada, mejor: escondida a medias, como una coqueta simulando recato, entre azaleas de tres metros de alto y naranjos en flor que aturden con su perfume. Un dormitorio sumamente confortable, que el cuarto de baño separa de otro dormitorio. Del lado opuesto, una salita en la que ya están reunidos, por el talento organizador de Mister Schwelm, los miembros del Comité directivo de la Sociedad Suiza de Eidorado. El Presidente, señor Wohlgemuth, me resulta muy simpático al primer contacto. Es d arquetipo del suizo alemán; sólido, substancioso, desprovisto de redondeces, pero en cambio, con una mirada azul y clara de niño. Todos los demás miembros del Comité contribuyen a procurarme la grata sensación de hallarme “entre los míos”; me rodean el secretario Bourquin, el tesorero Osterwalder, los vocales Meier y Blaser. […]
[me dispongo a] empezar una recorrida de la Colonia y llegar hasta la mayor cantidad posible de viviendas suizas, especialmente de visitar a los colonos recién establecidos.
Es así que enfilamos, poco después, el camino principal, que desde el puerto conduce hasta el kilómetro 34, adonde se abre el llamado 4 “Schweizertal”: el valle suizo. La Colonia Eldorado tiene una extensión de 70.000 hectáreas. A ambos lados de esta carretera sólida y ancha se abren los caminos laterales, todos rectilíneos, para los cuales el término de “picada” ya resulta impropio por cuanto éste presupone la existencia sobre sus márgenes de la selva virgen, mientras hace años, por lo que voy viendo, que ésta ha sido transformada en campos, en potreros, en plantaciones de yerba mate, de citrus, de tung, de bananos.
Voy observando cuán numerosos son, ya, los establecimientos comerciales. Hay buen número de almacenes, observo una peluquería que luce hasta el letrero “coiffeur pour dames”
[…]Unos enormes letreros alaban una marca de alpargatas mientras esconden unos soberbios naranjos... Paramos en el hotel del compatriota señor Blaser, y una rápida visita me procura una impresión óptima.
Poco más allá surge el “Hotel de Inmigrantes” destinado a los suizos. Es una sólida construcción de madera, hecha, me informa mi acompañante, señor Bourquin, por cuenta de la Compañía Eldorado, la que, además de haber mandado construir el edificio, subvenciona con una suma mensual al hotelero, el suizo Gurtner, a condición de que el mismo cobre como máximo, a sus huéspedes, que son los recién llegados, futuros colonos, un peso y medio por día, en concepto de pensión completa.
He aquí medidas de positivo valor, que evidencian en los directores de la Compañía comprensión de las necesidades y claridad de miras.
En su conjunto. Eldorado procura al visitante la firme impresión de algo realizado, definitivo, alcanzado. […]
En Eldorado, se corre, por la picada maestra, que es toda una calle de pueblo, tan buena como las que cruzan ciudades y poblaciones como San Luis ,o Villa Mercedes; se corre, a lo largo de veinte kilómetros en línea recta, sin que la selva asome. Ha sido vencida, rechazada, relegada más atrás, a tres, a cinco, a diez kilómetros sobre la derecha y sobre la izquierda.[…]
¡Cuántos apellidos alemanes pregonan los letreros de los comercios! El argentino, el criollo, no viene a Misiones.
La colonización se hace exclusivamente con “material” europeo. Pero al cabo de una, o cuando más de dos generaciones, estos inmigrantes se habrán convertido en argentinos cien por ciento. […]
Aquí en Eldorado hay, además de una numerosa colonia alemana, un núcleo importante de dinamarqueses y otro, también apreciable y apreciado de suizos. Años atrás, ha sido creada la Cooperativa Agrícola cuya situación económica y cuyo prestigio son hoy muy sólidos. Constituye un modelo del género. Y bien: ha sido la obra, en primer término, de los colonos suizos y dinamarqueses. El actual presidente es el señor Frydelung, y el vicepresidente, mi acompañante, el señor Bourquin, a la vez secretario de la Sociedad Suiza.
Me interesa muy especialmente llegar hasta el llamado "valle suizo o Schweizertal. Empieza en el kilómetro 28; su centro se halla sin embargo en el kilómetro 34.
Allí se han establecido numerosas familias procedentes de los cantones suizo-alemanes. Mientras el coche corre sobre el terreno firme y duro, mi guía me señala, sobre nuestra izquierda, la "Colonia Victoria" que se abre más allá del Piray Miní, el riacho que es una de las líneas fronterizas de Colonia Eldorado. La otra línea, paralela a aquella, la constituye otro riacho: el Piray Guazú. Frente a nosotros se eleva una serie de lomadas. Entre ellas están el “Württem- berger"' y el “Bayerntal”.
Núcleos de alemanes procedentes de las regiones homónimas, han sentido la misma necesidad de agruparse, que ha inducido a muchos suizos a juntarse en el valle, que lleva su nombre. […]
Nos detenemos ante la casa del colono A. J. Penetro en un regio chalet, limpio y ordenado que da gusto. Mientras la señora me da la bienvenida, un chico sale disparando y cabizbajo; apenas afuera, grita a pulmón lleno: “Vatti, Vatti, Vatti! komm!" (Papi Papi, veni”.).
Por la ventanita que decoran unos geranios, la flor que adorna los chalets de Sarnen como los de Arlesheim o de Spiez, voy admirando los lindísimos potreros, el pozo sólido, la huerta cuidadosamente cercada y totalmente cultivada, el establo en el que gruñen, a juzgar por el concierto, unas cuantas docenas de cerdos.
Ahí viene, jineteando un tordillo, el “Vatti", el padre. Sólido, más bien de baja estatura, con unas botas de buscador de oro (en las cintas yankees), con un sombrero que corre parejas con las botas, este señor A. J. es un colono muy consciente, por lo visto, de su oficio y de su condición. Bueno: hay que reconocer que se considera casi un veterano, como que hace ya diez meses que está aquí...[…] es un agricultor de veras y no de marras.
El hecho es que se siente satisfecho y que su esposa se declara feliz, y que los cuatro chicos que observo mientras, formando círculo, me escudriñan con la detención despiadada propia de las criaturas, rebosan salud por todos los poros.
Aquí no hay duda posible: esta gente está viviendo del producto de su tierra: tienen leche, queso, manteca, legumbres, maíz, mandioca, huevos, pollos, carne de chancho... –“Cuando queremos variar el menú, no necesitamos ir muy lejos“, me dice el padre, “para pescar unos sabrosos dorados“. Fruta tampoco les falta: no la recogen de sus árboles, lógicamente, porque sus manzanos y sus naranjos están recién plantados, pero la consiguen sin plata, trocándola contra huevos y legumbres...
A. J. tiene dos vacas. Una, con su ternero. Dejad que los diez meses iniciales se hayan convertido en diez años, dejad que, con la labor empeñosa de este padre y de estos hijos, las hectáreas actualmente aún de bosque impenetrable, hayan dado sus árboles y recibido en cambio sus semillas, y las dos vacas serán entonces cuarenta […] Entonces, no usará más estas botas de "cow-boy" ni este sombrero mejicano. Pero una gruesa cadena de oro cruzará su barriga.
Por lo pronto, ya está tratando, me dice, de familiarizarse, en los ratos perdidos, con todo lo relacionado con la apicultura. No puedo menos de felicitarlo de todo corazón.
Me despido para seguir rumbo a las casas que surgen valle adentro. Allí visito a numerosas familias, todas establecidas en estos últimos tres o cuatro meses.
Cada una ocupa, ya, su propia casita y cada colono se me declara, aquí también, satisfecho. […]
Entre los numerosos colonos que he visitado en Eldorado, no podre olvidar el matrimonio que llamare Schmid. Muy jóvenes ambos, él es un muchachón de un metro con ochenta, ella, una mujer diminuta. Ella llevaba pantalones de hombre […], No puedo evitar que asome a mis labios una sonrisa, mientras observo esa cara, de facciones regulares y francamente bonitas, esa nariz respingada y esos ojos aterciopelados y grandes. Es que nariz, mejillas y frente, estaban tan tremendamente ennegrecidos por la tierra y el humo, que aquella carita resultaba de una comicidad deliciosa.
Y bien: este matrimonio me acompañó hasta su casita, que surge entre el terreno recién desboscado. Las hectáreas desmontadas procuran al observador la impresión de hallarse en el campo de un extraño combate. Aquellos troncos que surgen, truncos de la tierra rojiza como una herida recién cicatrizada; aquellos troncos cortados a setenta u ochenta centímetros del suelo, ennegrecidos por la acción del fuego que ha devorado la vegetación menor y ha "limpiado" la tierra entre muñón y muñón, expresan con harta elocuencia la idea de mutilación, de violencia.
Y esta mujercita ha contribuido con sus frágiles muñecas a derribar aquellos gigantes que vivían, ya, cuando ella —¿qué digo?— cuando su madre aún no había nacido! Me asalta la curiosidad de conocer algo acerca de esta rara "virago" de, cuando mucho, un metro con cincuenta y cinco de estatura y cincuenta kilos de peso. Se ha apostado en la galería de su casa, y su brazo derecho descansa sobre un hacha de leñador.
—"¿Si yo labraba el campo en Suiza? ¡Ach Gott! (Dios mío!): yo era dactilógrafa en el Konsumverein (Cooperativa de consumidores) de Berna, me contesta. ¡Dactilógrafa!.
——"¿Y usted? — le pregunto asombrado al marido. Él era guarda de tranvías. Evidentemente, hay superabundancia de dactilógrafas y de guardas, en mi tierra.
Hay también, parce decirme ella, escasez de aire, sol y estrellas para las chicas obligadas a vivir entre la oficina, las callejuelas pluricelulares de la venerable Berna, y las "Stuben” (piecitas) del pequeño hogar.
[… puedo] observar, complacido, la huerta que ya han preparado al lado de su casita, muy cerca del pozo.
—El agua del pozo, me dice ella, la usamos para la cocina, pues para beber yo prefiero la del arroyito que corre allá no más, debajo de esos árboles, ¿ve? Es cristalina y riquísima. Allí pensamos plantar unos sauces: será un rincón delicioso, y colocaremos una hamaca...
Estoy segurísimo que, además de los sauces y de la hamaca, esta mujercita ve una cuna, allá en la sombra, cerca del arroyito que fluye liso y lento.
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152Emma Dora Echeverría, Gertrudis Jahn de Seefried y 150 personas más
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03.10 | 10:58

En lo que no concuerdo con Schwelm es su concepto sobre las cooperativas. Tal vez en Eldorado fuera así, pero en otros pueblos, la suma de capitales fue vital.

...
03.10 | 10:55

Muy interesante el discurso de Adolfo Schwelm. Cada vez que lo leo encuentro algo nuevo.
Fue un hombre con una claridad de ideas impresionante.

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28.09 | 13:55

Hermosa Historia

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21.08 | 10:19

increible que buen trabajo!!!!

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